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lunes, 13 de enero de 2014

LA FOTO

Juro que esto que voy a contaros es verdad. No se trata de ninguna leyenda urbana; no le pasó a alguien que conoce al amigo de un amigo. Esta es la historia de lo que le sucedió a mi hermana Miranda y yo fui testigo.
Fue a finales de octubre. Habíamos quedado como todos los domingos con nuestros amigos a la hora del aperitivo. Casar del Río, nuestro pueblo, se iba pincelando con colores otoñales aunque el sol brillaba, reticente a  abandonar el estío e invitando a ocupar las terrazas que se alinean en la ribera. Pronto nuestra mesa se llenó de vinos, botellines y tapas mientras hacíamos gala de nuestro buen humor riendo y contando las anécdotas de la semana. Y de repente apareció como por ensalmo. La vieja gitana con su cara oscura, su moño greñudo y su verruga en la barbilla. He de decir que es toda una institución en nuestro pueblo, que aparece  por donde vayas, con sus ramas de espliego que te da a cambio de unas monedas. A Miranda siempre la sacaba de quicio y tan pronto la veía le volvía la cara o la mandaba lejos echando sapos y culebras. Esta vez, para evadirla, mi hermana sacó su móvil e hizo ver como que me enseñaba algo pero antes de que la gitana se girara por completo Miranda en décimas de segundo le sacó una foto. Con aire triunfal de  futuro Pulitzer dijo –“Ya es mía. Ahora su alma me pertenece”. Risas y aplausos. –“Chico, otra ronda”.
El martes la llamé para ir de compras y me dijo que no se encontraba bien. Le dolía la cabeza y estaba revuelta. –“¿todavía te dura la resaca, sister? Cuídate”. Pero el viernes fue ella quien me llamó diciéndome que se encontraba muy mal, que estaba muy cansada y tenía pesadillas y fiebre. Corrí a su casa. Corrimos al hospital. Cuando la vi me quedé sin palabras; había como…menguado, sus ojos azules se tornaron oscuros y se hundían en su cara de tez cetrina. Los médicos no sabían qué tenía, posiblemente algún virus pero no le bajaba la fiebre y vomitaba sin parar una bilis verduzca.
Al segundo día, mientras dormitaba exhausta en un sillón del pasillo el doctor me tocó el hombro suavemente y me dijo  -“Lo siento mucho. Su hermana ha fallecido”. ¿¿Queeé??. No podía ser. Lloré y lloré hasta no tener lágrimas. Una enfermera me entregó sus escasas pertenencias en una bolsa de plástico: llaves, cartera y móvil. Me dijo que ya estaba lista en el tanatorio. Mis amigos, que brindaran con nosotras días atrás, me acompañaron ahora en mi dolor y al fin reuní el valor suficiente y me acerqué. Aquella mujerona del domingo pasado yacía ahora como un pequeño monito amortajado. Y ese grano en la barbilla (¿verruga?, no) Mis ojos se detuvieron en sus manos juntas que sostenían…un ramo de esp l IEGOO!!. Ahora lo comprendí todo. Cogí su móvil, fotos, venga, venga… Ahí estaba. La gitana ahora con cutis claro y terso miraba con ojos azulados directamente a la cámara con una sonrisa infinita que helaba la sangre. Ignoro el tiempo que permanecí mirándola sin ver. Con dedo de autómata borré la foto. Después todo se fundió en negro.

Tras concluir mi relato, el tribunal médico del Psiquiátrico de San Carlos intercambió serias miradas de complicidad. –“Todo irá bien. No tienes que preocuparte por nada. Aquí estás a salvo. Ahora descansa”. Sí que debía de estar mal porque a lo lejos, mientras me llevaban a mi habitación creí escuchar a The Carpenters.




jueves, 23 de abril de 2009

DE LO OSCURO

Poco a poco, Laura fue saliendo de su letargo, pasándo a un estado de duermevela y, por último a la consciencia: estaba despierta. Quería ir al baño, pero aún esperaría un ratito más..."se está tan agusto!"-se dijo. Echaba de menos a Alex. Era la segunda vez en un año que su marido tenía que ir a Londres a una convención del banco donde trabajaba. No le gustaba separarse de él y esos tres días se le harían interminables. Si se hubieran animado a dar el gran paso!, pero tener un bebé cambia mucho la vida. Ya fuera por miedo a la responsabilidad o egoísmo puro y duro, aún no se habían animado, y eso que Alex ya tiene 32 años y ella 33. El caso es que cambiar cañitas con los amigos por pañales y biberones... es para pensárselo dos veces! Por otro lado a veces le apetecía mucho y, en ocasiones como ésta no se sentiría tan sola.
Su vejiga le recordó que su necesidad fisioógica era urgente. Tendría que ir al baño YA. Abandonar el suave calor del edredòn sobre su piel desnuda. Alex la había acostumbrado a dormir "ligerita de ropa" y, ahora, aún estando sola no aguantaba dormir con el más liviano pijama.
Extendió su mano en busca del interruptor; clíck..." Vaya! o no hay luz o se ha fundido la bombilla"-pensó-. Se deslizó al otro lado de la cama para probar con la lámpara de Alex; " no hay luz".
Se preguntó qué hora sería. Debían ser sobre las cinco o cinco y media. La persiana no filtraba ni un ápice de claridad. Tampoco se oía pasar ningun coche. Silencio total.
Salió de la cama, se enfundó las bata y se encaminó a tientas al lavabo. "Ciega, sorda y meona". Ante este cómico panorama, tuvo que pararse y juntar las piernas para no mearse de la risa.
De nuevo en la cama, pensó que Alex había tenido suerte al haber encontrado un trabajjjj.... Entonces lo notó; una mano huesuda y gélida le recorrió su espalda, para, después atraerla hacia sí. No hubo tiempo de que los ojos se le salieran de las órbitas, ni de que la garganta cerrase el paso al sabor acre de la adrenalina. No hubo tiempo de sentir su corazón golpeándole el
pecho como una maza certera. Simplemente se paró y, lo último que sintió fue un fogonazo blanco
eléctrico pasar por su retina.
El forense dijo que nunca había visto algo semejante. El cuerpo de Laura estaba contraído y su cara era una mueca indescriptible. "Un ataque al corazón", fue lo que le dijeron a Alex. Pero el forense sabia que Laura había muerto de miedo. De MIEDO con mayúsculas.
Alex se quedó destrozado. Nunca volvió ser el mismo. Todavía ahora, casi un año después, dormía mal, sudaba, lloraba y la rabia y la impotencia desbordaban su alma.
Esta noche estaba muy mal. Tendría que ir al baño y tomarse una de esas pastillas que el psicólogo receta cuando sabe que las palabras carecen de significado -es decir, desde la primera visita-.
Alargó su mano en busca del interruptor de la lámparita. Click: "Vaya, o se ha fundido la bombilla
o se a ido la luz"...